Jhon Henry

Jhon Henry

Bogotá, Colombia

Llegué y me encontré con gente mucho mejor vestida que yo, pensé que allí solo habría ‘niños buenos’ que no harían otra cosa que juzgarme.
No fue así.

LA HISTORIA COMPLETA
Conocer a Jhon Henry es cautivante, no es posible comenzar a escuchar su historia sin querer quedarte hasta el final. Lo que Jhon vivió parece el guión de una cruda película de chicos pandilleros, pero cuando comienzas a escucharlo y pasas unas horas con él caes en la cuenta de que no es ficción, su relato sucedió con toda la dureza de la realidad.

Jhon Henry es colombiano, nació en la ciudad de Manizales el 8 de Octubre de 1989. 
Al encontrarnos con él lo primero que nos llama la atención es que tiene una gorra de la selección argentina de fútbol y una camiseta de Messi. Nos sorprende y le preguntamos las razones, nos cuenta que es fanático del fútbol, que su jugador favorito es Messi y que cuando era chico su sueño era ser jugador y llegar al Atlético Nacional de Medellín

Pero luego con los años se alejaría de los goles y las gambetas. 
No puede nombrar solamente una de las razones que lo llevaron a perder el rumbo de su vida, pero sin duda una de las principales fue haberse criado sin padre. Si bien los procesos humanos son muy complejos, Jhon menciona que siempre le faltó un buen ejemplo paterno, que los controles y la crianza de su madre no eran suficientes para contrarrestar las ofertas que comenzó a tener durante su adolescencia.

INFANCIA INTERRUMPIDA
A los 13 años comenzó a beber. A los 14 dejó el fútbol.
En ese año intermedió aceptó pequeños trabajos de distribución de droga para ganar un poco de dinero y con eso ayudar a su madre y pagar el club. 
Al poco tiempo ingresó a una pandilla denominada “Los Huracanes”. Siendo aun un adolescente fue de los 40 miembros que conformaban ese grupo. Lo más triste es que allí encontró “padrinos”.
Los jefes de la asociación lo habían visto con buenos ojos y cuidaban de él, eso lo llevó a sentir que allí tenía lo que nunca había tenido. 
Jhon era estimado por su valor para los conflictos. No le temblaba el pulso a la hora de participar en hechos delictivos, peleas y otras actividades de mafia. Era joven, fuerte, valiente y atrevido. Tenía todo lo que había que tener para crecer entre los chicos malos. 

Años después le llegó el “ascenso”. Pasó de la pandilla de barrio a un grupo de mayor incidencia. Jhon Henry ingresó a nada menos que un cartel de drogas, una de las tantas organizaciones narcoparamilitares del país cafetero. 

Ingresar al cartel significó varios cambios para él. A partir de ese momento participó de tareas en municipios y ciudades, ya no en barrios; portó armas de fuego, comenzó a “coronar vueltas” (completar los trabajos asignados), manejar una poderosa moto Yamaha y contar montones de billetes. 

Ese ambiente y esa condición lo hacían sentir poderoso e inmortal. 
“El que me mire feo,… ¡venga!” cuenta que decía, como mostrando su actitud desafiante del momento.

Usted hubiera sido bueno para trabajar con el patrón” le dijeron refiriéndose a Pablo Escobar Gaviria.

Sus trabajos y su obediencia le valieron quizás el mejor elogio que tristemente un narcotraficante puede recibir: “Usted hubiera sido bueno para trabajar con el patrón” le dijeron en una ocasión sus superiores, refiriéndose a nada menos que a Pablo Escobar Gaviria, el fundador y líder del Cartel de Medellín, probablemente el hombre más poderoso que haya existido en la mafia colombiana. 

Al principio colaboró con los traslados. Una vez llevando un cargamento en camión les tocó un control policial y escondido en la parte trasera escuchó cómo sus compañeros se deshacían de los policías para salir huyendo. Fue una de las experiencias más traumáticas de su vida, fue un punto a partir del cuál empezó a tener más preguntas. 

Luego fue destinado a cobrar las “vacunas”. En la jerga del narcotráfico las ‘vacunas’ son cuotas que se le cobran a las personas adineradas de determinada zona o a los grandes comercios del lugar, a cambio de dejarlos trabajar y dejarlos vivir. 

AL BORDE DE LA MUERTE
Pero en 2009 todo cambió.
Ese año falleció la mujer más importante de su vida, Noemí, su madre. 
Al principio esa profunda tristeza lo llevó a responsabilizar a su padre que nunca había estado presente y reavivó el odio que tenía hacia él por tantos años de ausencia. 
Por eso Jhon volvió a su Manizales natal para encontrar a su padre, con la intención de matarlo, pero no pudo hacerlo porque no lo encontró. 
Jhon cayó en un terrible estado de depresión y ni el alcohol, la heroína ni las mujeres podían sacarlo.
En varias ocasiones pensó en quitarse la vida y llegó a lastimarse a sí mismo. Hasta que un día llegó a estar literalmente al borde de la muerte.
Cansado de la vida que llevaba, una noche decidió que ingresaría a un barrio donde le tenían jurada la muerte y se entregaría para que acabaran con él. Así lo hizo, recibió dos balazos y cayó. No se acuerda nada más, solo que despertó en un hospital. Fue impactante ver en su cuerpo las heridas de los dos disparos, y es aun más impactante escuchar de su propia boca contar una historia que podría no haber existido. Dos tiros, dos pulmones llenos de líquido, cuatro meses de recuperación. 

Volvió a Manizales para encontrar a su padre, con la intención de matarlo, no pudo hacerlo porque no lo encontró.

Luego de los 120 días de curaciones, sus únicas opciones eran intentar volver al trabajo sucio o refugiarse en las calles. Así fue que la Plaza Bolívar se convirtió en su nuevo ‘hogar’

Allí estuvo libre de las drogas pero no del alcohol. Incluso cuenta que en una ocasión sus enemigos lo encontraron tirado allí y lo vieron tan pobre y tan borracho que lo dejaron porque ya no “valía la pena gastar balas en este cucho”. ('Cucho' significa ‘viejo’ de manera muy despectiva).

Hasta que un día conoció a un abogado que le habló de Alcohólicos Anónimos. Y allá fue. 
En ese grupo se encontró con un hombre que le explicó los primeros dos pasos para salir adelante. El primero era asumir el error y el segundo era depositar la confianza en un poder superior. 

-“Y ¿cuál es el poder superior en el que usted ha confiado para recuperarse?” le preguntó Jhon Henry a su tutor.
-"Para contarte eso necesito tiempo, deberíamos desayunar mañana..." le contestó. 

UN PRIMER AMANECER
Al otro día desayunaron juntos y Jhon conoció a Jesús, aquel que había ayudado a su tutor a ser libre de la adicción al alcohol. Desde ese momento comenzó un proceso de sanidad y crecimiento que terminó desembocando en Alpha. 

Un amigo lo invitó a Alpha y Jhon aceptó. Cuando llegó se encontró con gente que estaba mucho mejor vestida que él y lo primero que pensó es que allí solo había ‘niños buenos’ que no harían otra cosa que juzgarlo. 

Pero para su sorpresa no fue así, no encontró personas que lo juzgaron.
Juan Sebastián, Natalia, Juliana, Daniel, Marcela y Andrés fueron sus compañeros de grupo en Alpha. Es imposible olvidar sus nombres.

“Alpha me dio la confianza para contar mi historia, para elegir el amor en lugar del miedo” cuenta con sus ojos llenos de lágrimas. 

Por la pobreza que atravesaba, la comida fue otro elemento que lo atrajo de esos encuentros. “Yo estaba en la calle, para mí esa comida era como caída del cielo” confiesa sobre el menú que se ofrecía durante cada sesión.

Pero Jhon encontró mucho más que alimento, conoció a una familia. Sus compañeros se volvieron amigos  y comenzó a compartir con ellos cada momento. También hacían colectas de dinero para comprar gafas que luego Jhon Henry vendía para tener sustento. Además, Andrés y Marcela lo llevaron a vivir con ellos durante un tiempo para ayudarle y lo trataron como un hijo. Fueron ellos quienes le regalaron la camiseta y la gorra de Argentina que tanto le gustan. 

“En cada sesión de Alpha experimenté algo sorprendente, pude conocer más de Dios y sobre todo abrir mi corazón, las cosas que decía y que pensaba nadie me las juzgaba. Recuerdo en una ocasión estar cuestionándome mucho sobre el sufrimiento y ese día pude expresarme al grupo sin que nadie me mirara mal. Después empecé a descubrir que estaba equivocado en muchas cosas que pensaba y comencé a encontrar respuestas."

A Jhon Henry le gusta resumir todo en la frase “Dios me cambió la vida”. Y se sabe que es cierto, su hermana lo sabe, sus amigos lo saben, él lo sabe. 

"Debo confesar que al principio me daba vergüenza hablar y comentar mi situación porque no quería recordar mi pasado, pero Dios fue cambiando de a poco mi vida, paso a paso. No ha sido fácil porque las luchas han sido duras pero he visto el poder de Dios para no volver atrás. Hoy se que a Dios no le importa mi pasado y quiere tener una relación personal conmigo."

La historia de Jhon Henry es una historia de resurrección, es la historia de un joven que estuvo prácticamente muerto y volvió a vivir, es una historia de perdón, es el reflejo de un nuevo amanecer luego de una densa oscuridad.

Aun conserva cicatrices en su cuerpo y en su alma, marcas del pasado que lo ayudan a valorar el presente y su futuro de esperanza eterna.

Hoy Jhon tiene 26 años, trabaja en un local comercial de artículos para el hogar y está preparando su casamiento. 
Es respetuoso, amable, cálido, sonríe todo el tiempo y se emociona con facilidad.
Es porque tiene el don de ver la vida como nunca antes. 
Es porque como él dice, Dios cambió su vida. 

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